Es que me quedé sin nada que decir…
Estás en mitad del discurso y de repente te das cuenta de que se te ha ido el santo al cielo. Has perdido el hilo de lo que decías. ¿Y ahora qué haces?
A cuántos de nosotros no nos habrá pasado una situación así. La angustia nos ataca y comenzamos a pensar en todo lo que puede suceder si no nos acordamos de lo que viene después, o a sentir vergüenza por el ridículo que estamos haciendo. Ese es, precisamente, el camino que no tenemos que seguir. Lanzarnos críticas negativas no nos va a ayudar a recomponernos y tenemos fórmulas mucho más útiles para recuperar el hilo de nuestra exposición. Hasta podemos aprovechar la ocasión para captar la atención del público.
- Recurre al esquema de la exposición que has preparado, o a las fichas de apoyo. Una frase del estilo de “hasta ahora hemos visto…” mientras repasas los puntos de tu intervención, te ayudará a tener tiempo de pensar, te volverá a poner en la vía de tu intervención y además, recordará al público los puntos importantes de tu discurso. Complementamos con un “…y no queremos dejar de profundizar en este punto…” y proseguimos.
- Cierra la boca, mantén 3 segundos de silencio (cuenta hasta 5) y desplázate físicamente desde donde estás. Mientras internamente vuelves a reposicionarte en tu discurso, has levantado una gran expectación sobre lo que fueras a decir, como siempre que empleamos correctamente el silencio. Inicia con una exhortación a la acción o a la reflexión de tu auditorio.
- Una buena preparación reduce mucho la posibilidad de quedarse en blanco en una exposición. Asimismo, ejercicios de visualización de la conferencia con éxito, ayuda a reducir el nivel de estrés que es muchas veces el causante de nuestro bloqueo. Sentimientos positivos y pensar en positivo sobre nuestras capacidades también ayuda a desbloquear nuestra mente en estos casos.
- Respirar profundamente e intensamente ayuda a nutrir de oxígeno nuestro cerebro en blanco y le da nuevas energías.
Pero sin duda, la mejor fórmula para salir de un momento en el que nos quedamos “sin nada que decir” es recordar el objetivo de nuestra intervención. Breve y directamente, lo superfluo sobra.
¿Y la naturalidad? ¿Decir perdonar pero me se me ido la idea que os iba a contar?
Por otro lado, por fin encuentro tu proyecto que me habías contado pero no enseñado. Está muy interesante. Lo seguiré con atención y ganas de aprender.
La naturalidad es uno de los objetivos de nuestro aprendizaje como oradores. Pero la naturalidad no significa comportarnos de forma descontrolada en cualquier situación. Por ejemplo, es muy natural tener gases en el estómago, pero no recomendaría a ningún orador que, en aras de la naturalidad, eructase en público.
Por ello, salidas de esas situaciones en blanco reconociendo naturalmente “que nos hemos quedado en blanco” siempre se han de hacer con humor y en el entorno adecuado. Situaciones no formales ni protocolarias, y preferiblemente ante auditorios entregados.
¿Se te ocurren ocasiones en las que es una salida completamente aceptable? Cursos, pequeñas salutaciones entre amigos, cenas de empresa con los empleados, etc.
¿Y en qué ocasiones es desaconsejado? Discursos formales y protocolarios, discursos ante auditorios que conocemos por primera vez y no vamos a tener más posibilidad de dejarles “una segunda impresión”, etc.
Bienvenido tu comentario y tu aportación, compañero.
Un abrazo